“Miska” Belke lleva 35 años como pocero en Winifreda

De los molinos a las bombas solares, una vida dedicada a un oficio clave para el campo  

El winifredense Eduardo “Miska” Belke, de 57 años, lleva 35 años dedicado a un oficio poco visible: el de pocero.  A lo largo de su trayectoria laboral, ha descendido hasta profundidades de 145 metros y reparado molinos a más de 10 metros de altura.

Admitió que en sus primeros años el trabajo «era muy arriesgado» y que actualmente «es menos peligroso» gracias a los nuevos equipos disponibles en el mercado para la extracción de agua subterránea.

Tradición familiar y riesgos. 

«Arranqué a los 13 años, después de terminar la primaria, acompañando a mi viejo los domingos al campo. Él tenía tres empleados, pero yo ayudaba alcanzando herramientas, sogas, cebando mates, después con la pala. Salíamos a las seis de la mañana y volvíamos a la tardecita o de noche. Así fui aprendiendo el oficio», recordó.

Su padre, Julio -conocido como “Chiche”-, ya fallecido, fue pocero, al igual que su abuelo. «Somos la tercera generación», señaló, aunque admitió que la tradición probablemente termine con él y sus hermanos menores, Héctor y Omar.

A los 17 años hizo una pausa y se dedicó a la actividad nocturna -administraba un boliche bailable- junto a un grupo de amigos. Sin embargo, tras nueve años retomó su profesión y desde entonces no se detuvo, ya por cuenta propia.

«Antes atendía muchos molinos; descendía al pozo, a veces a más de 90 metros, desarmaba las cañerías y luego las elevábamos a la superficie con una soga. A mí me sacaban con el malacate. Una vez afuera, se realizaba el mantenimiento de los caños, las varillas, el cilindro, el pistón, el reemplazo de cuplas y demás. Después, todo se volvía a ensamblar y bajaba junto con la cañería para armarla nuevamente en el fondo. También, revisaba el aceite del molino. Era un trabajo de todo el día y mucho más riesgoso», explicó.

Contó que el pozo más profundo al que le tocó bajar tenía 145 metros y estaba en El Durazno, aunque también trabajó en otro de similares características en la zona de La Maruja.

Belke tiene grabado en su memoria uno de los momentos más difíciles de su carrera. «Cuando trabajaba con mi viejo, me bajé con un balde a limpiar un pozo que estaba tapado con barro. Se desmoronó una parte de la pared y me golpeó la cara contra el caño. Fue la única vez que sentí miedo», relató.

Tecnología y vigencia.  

Hoy, los nuevos equipos han revolucionado el oficio. «La mayoría de los pozos se han abandonado o desmoronado. Ya no quedan tantos molinos. Me fui adaptando: ahora tengo una perforadora, realizamos perforaciones de hasta 60 metros e instalamos bombas sumergibles que funcionan con pantallas solares. Vendemos este equipamiento, cuya instalación requiere menos esfuerzo y presenta menos riesgos», aseguró.

En la actualidad, «hay trabajo, ya que, además de instalar las bombas, también nos encargamos de la reparación y el mantenimiento general de las aguadas y de los molinos que quedan».

El agua y su familia. 

Belke sostuvo que, para el hombre de campo, «el agua es lo principal. Sin agua no hay producción, es más importante que el pasto».

Está casado y es padre de mellizas que residen en Córdoba, donde cursan sus estudios. «Mi familia nunca me pidió que cambie de trabajo. Siempre me dijeron que tenga cuidado. Entienden que este es mi oficio de toda la vida», confió.

En cuanto a su apodo, “Miska”, tiene un trasfondo curioso: «Viene de un equipo de fútbol que armamos de chicos con unos amigos», finalizó entre risas.  

Foto: Eduardo Belke acumula 35 años como pocero. 

Especial suplemento 111º aniversario de Winifreda. La Arena/Infowini.  

«Lito» Pascal hizo 5 mil pozos ciegos en Winifreda y la zona

Facebook