De Winifreda al África oriental: crónica de un viaje inolvidable

El winifredense Daniel Pellegrino recorrió Uganda y Ruanda en un viaje por África oriental. Visitó parques naturales, convivió con fauna salvaje y vivió el impactante encuentro con gorilas en su hábitat.

Deben existir pocos lugares en el mundo que aún conserven el aura de sitios salvajes, naturales, no tocados por la devastación humana.

El continente africano aún resguarda muchos de esos espacios abiertos a la imaginación donde persiste la quimera de que se va por primera vez en actitud exploratoria.

Hace poco cumplimos un anhelo de infancia y fuimos en plan turístico al África oriental, a los países de Uganda y Ruanda, a observar de cerca los animales silvestres de la sabana y la selva.

En una de las primeras excursiones viajamos en camioneta hacia el Parque Ziwa, cercano a Kampala –capital de Uganda-, un predio de unas siete mil hectáreas, con una vegetación parecida a la de nuestra región pampeana de monte abierto, pastizales, sin arbustos espinosos.

Una jirafa en el Parque Murchison. 

En este parque viven los rinocerontes blancos (grises, en verdad), en peligro de extinción porque los cazadores furtivos le quitan los cuernos que luego se convierten en polvos afrodisíacos, una estafa que se atribuye a comerciantes chinos. Sin embargo, ahora también a los rinocerontes del parque se les quita el cuerno grande, para preservarlos del ataque de los cazadores, dicen; raro.

La próxima parada fue el Parque Murchinson donde vive una multitud de animales: antílopes, gacelas, familias de elefantes, elegantes grupos de jirafas que ramoneaban la copa de los árboles, y una variedad indescriptible de aves.

En este parque hay una serie de lagos que se encadenan para conformar el caudal que da origen al formidable río Nilo, en cuyas orillas reposan cocodrilos, hipopótamos, mientras los elefantes se refrescan con agua y barro. La visita se completó al día siguiente con una navegación que nos acercó a una de las cataratas del lago Murchinson.

Un repartidor de bananas.

Ciudad de las motos.

En la ciudad de Hoima, Uganda, se ven muchas motocicletas, como en todas las ciudades del país. Y su empleo y presencia se asemeja a lo que sucede en Santa Rosa o cualquier ciudad de Argentina.

Las motos son accesibles, se venden en cuotas, se utilizan para todo tipo de trámites y servicios. Se trata de la changa individual con la que salvar el día. Entrega a domicilio o vender algo por la calle. Si bien no se ven las mochilas cuadradas de nuestros deliverys, en esta ciudad llevan ataúdes, racimos de plátanos, o lo que se considere transportable y comercializable.

Las bicicletas, en cambio, son más visibles en zonas rurales y montañosas y ayudan a cargar hacia la cooperativa correspondiente lo que produce esta riquísima tierra de volcanes: puede ser una gran bolsa de papas, de choclos, hojas de tabaco, cañas de azúcar, pasto para animales domésticos, y así podríamos hacer una larga enumeración de productos agrícolas. También, cargan con bidones de agua para llevar a la casa desde una canilla en la aldea o desde algún hilo de agua o manantial.

Grupo de chicos africanos. 

En camino hacia el sur del país, pasamos por el bello y frondoso valle del Rift, una extensa falla geológica que con el tiempo se agrandará, dicen los científicos, y hará que el cuerno de África (Somalia, parte de Kenia, de Etiopía y de la misma Uganda) se separe del continente. El mar Rojo que separa África de la península arábiga es parte de esta falla.

Un día más tarde, pasamos por la ciudad de Bigodi, que se la promociona como aldea típica, tribal, aunque lo que vimos a lo largo de la ruta y calle que la atraviesa, fueron edificios bajos y pobres donde venden cosas para turistas.

Compañeros de viaje compraron en una tienda cuadernos, lapiceras y pelotas de fútbol que –con la intermediación de los guías- luego entregaron a un grupo de chicos de un campamento donde practicaban deportes en tiempo de vacaciones escolares. 

Rinocerontes en peligro de extinción. 

Chimpancés e hipopótamos.

A la tarde de ese mismo día, ingresamos a la reserva Kibale a relacionarnos con las familias de chimpancés, muy habituados a la presencia humana. A la media hora de andar por la selva los guías descubrieron un grupo de ‘chimps’ en la cima de altos árboles.

Después de un rato de merodear por el sitio sin movilizarnos demasiado, los chimps se bajaron y se tendieron sobre el suelo como preparándose para dormir una buena siesta. Está prohibido ofrecerles cualquier tipo de comida; pasaron entre nosotros con estudiada ignorancia hasta perderse en el denso follaje. (Los jóvenes maduros recordarán la serie de tv estadounidense “Daktari” -emitida originalmente entre  1966 y 1969-, a la chimpancé Judy, y también a Clarence, el león bizco).

A la noche descansamos en un lodge a la vera del lago Elisabeth con el condimento de que cuando íbamos a cenar comprobamos que por el patio de nuestras cabañas se paseaban tranquilamente los hipopótamos mientras en las cercanías barritaban los elefantes. (Por lo general nuestra comida elegida era sopa, pescado y bananas fritas, papas asadas, carne de búfalo -muy cocida-, arroz blanco y frutas al estilo de mangos, sandías, yacas y piñas.)

Durante este tramo del paseo no vimos ni uno solo de los leones trepadores de árboles, como se publicitaba en el programa de viaje. Al parecer, debido a los incendios de los pastizales de la sabana, bajo control de los guardaparques, los felinos habían emigrado. Es más, nunca observamos a simple vista ningún tipo de felinos.

Batwa.

El siguiente descubrimiento fue el lago Bunyonyi, ubicado -en parte- dentro de un cráter de origen volcánico (integra la falla del Valle de Rift).

Es difícil de creer, pero ostenta profundidades extremas de novecientos metros. Por él navegan es sus canoas de troncos los nativos pigmeos batwa. Reacios a los turistas, no quieren que les tomen fotografías y para hacerse entender se llevan un dedo a los labios (como cuando se pide silencio) en un gesto de exigir respeto por su elección.

Este lago está poblado de islotes y de leyendas, algunas de las cuales se cuentan a los turistas. Una de las historias  se refiere a un islote donde se abandonaban las mujeres que habían pecado antes del matrimonio, y allí morían, si no eran rescatadas por sus amantes.  

Gorila entre el follaje. 

Los gorilas.

Por fin llegó el momento de acercarnos a los gorilas. A media mañana salimos hacia el campamento base del Parque Nacional Impenetrable de Bwindi, en el suroeste de Uganda y pegado a la frontera del Congo. Es la mayor reserva de los gorilas de montaña.

En la mochila llevábamos algunas vituallas, campera de lluvia y el ‘armamento’ digital de cámaras. Los rangers (guardaparques) abrían el camino; nos acompañaban porteadores que llevaban las mochilas de personas que no deseaban cargar con el equipaje, y también venían con nosotros un par de soldados con fusiles.

Marchábamos en grupos de unas quince personas y la caminata debía aproximarnos a una determinada familia de gorilas que la noche anterior había sido ubicada por los traqueadores, especializados en seguir y estudiar a los primates; ellos señalan la ubicación y el momento en que los turistas pueden avanzar.

Se dice que se necesitan cuatro años de seguimiento de los gorilas para que, así habituados a los humanos, se pueda autorizar el acercamiento de los turistas.

Anduvimos por un terreno fangoso, a tramos empinado, escabroso, por lo que había que llevar buen calzado tal como nos habían recomendado. A veces, los rangers debían abrir el paso de la selva a machetazos.

Anduvimos algo menos de dos horas hasta que los traqueadores advirtieron la presencia de unos nueve u once gorilas. Los observamos a dos o tres metros de distancia, con alguna ofuscación del macho jefe del grupo cuando unos rangers cortaron unas ramas para que pudiéramos sacar fotos.

El jefe gorila, de lomo blanco, se rebeló con sus gruñidos y su portentosa figura; luego se marchó. Una hora compartimos con esa familia antes de regresar al campamento base.

A orillas del río Semliki.  

La primatóloga.

En esta región del África oriental, los países de Uganda, Ruanda y República Democrática de Congo comparten la cadena montañosa denominada Virunga. En ella se concentra la mayor cantidad de gorilas del mundo, animales que bordearon la extinción en la segunda mitad del siglo XX, pero gracias a la intervención, tozudez y campañas de conservación de la zoóloga o “primatóloga” estadounidense Dian Fossey (1932-1985) lograron sobrevivir.

Ella publicó dos años antes de su asesinato el libro Gorilas en la niebla en el que vuelca su experiencia de trece años de convivencia y estudio de los primates.

En el libro se nota cómo intentó adueñarse del territorio de su campamento y cómo luchó para espantar a los cazadores furtivos y cuidar que el pastoreo del ganado vacuno de las tribus no interfiera con la vida de los gorilas y –como solución transitoria- dirigir (arrear) familias de gorilas hacia parajes seguros de la montaña.

Fossey tenía su campamento en Virasoke, Ruanda (cruzó hacia este país para evitar las conflictividades políticas y sociales que desangraban a los otros dos países que comparten las montañas de Virunga). Hoy esta zona ruandesa integra el Parque Nacional de los Volcanes; allí está su tumba junto a la de Digit, uno de sus gorilas favoritos.

Existe una versión cinematográfica con el mismo título del libro, de 1988, protagonizada por Sigourney Weaver, actriz que pagó la réplica exacta de la cabaña de Fossey en su vida de montaña y que se halla dentro del centro educativo y de investigación denominado “Campus Ellen DeGeneres del Fondo Dian Fossey para Gorilas” en las cercanías del Parque Nacional de los Volcanes. El filme sugiere que Fossey fue asesinada a machetazos en su cabaña por traficantes de animales silvestres.

Ruanda.

En la última etapa del viaje, cruzamos la frontera hacia el sur de Ruanda y el lago Kibuye, similar en sus características a los otros de la región. En este segmento del viaje, lo distintivo fueron las extensas plantaciones de té que emplean sobre todo a mujeres que trabajan doce horas por día recolectando las hojas nuevas que luego serán procesadas para convertirse en infusión.

En una de esas plantaciones existe una pequeña iglesia católica (la mitad de la población de Ruanda es católica) que trae el recuerdo de la guerra civil y el genocidio del pueblo tutsi, de alrededor de un millón de personas, en 1994, perpetrada por los hutus, entonces en el gobierno.

El actual presidente del país, Paul Kagame, es tutsi y de extracción católica, en el poder desde el año 2000. Logró la pacificación general del país y detener la matanza entre las dos grandes etnias de la llamada “región de los grandes lagos del África Central”.

Ruanda, del tamaño de la provincia de Tucumán, es uno de los países que más ha desarrollado los servicios turísticos de la región y además con índices elevados de educación y cultura. La capital, Kigali, es moderna y se la percibe limpia y cuidada.

Fin del circo.

La evaluación de nuestro periplo de quince días por los dos países mencionados predispone a echar la mirada atrás y evocar el clima de la selva y los grandes espacios verdes recorridos, los santuarios por los que se desplazan sin riesgo esos animales que en la infancia veíamos en las películas de escenario africano, o bien en las jaulas y pistas de los circos. Esas atracciones de antaño, para suerte y beneficio de la naturaleza humana, prácticamente han desaparecido.

Crónica y fotos de Daniel Pellegrino, quien realizó un viaje entre gorilas, lagos y búfalos. 

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