Betiana Manglus es una de las tantas mujeres rurales que construyen su propio camino en el campo, desafiando los estereotipos de género.
Es productora y contratista rural en Guatraché, una localidad pampeana. Junto a su pareja Darío, manejan dos cosechadoras con las que recolectan, en partes iguales, 2.500 hectáreas de cultivo de fina y otras 5.000 de gruesa por campaña. Además, tienen seis hijos.
«Soy persistente».
Cuando Betiana conoció a Darío, él ya contaba con sus propios equipos. «Pero los tiempos difíciles que atravesaba el país nos llevaron a tomar la decisión de adquirir una cosechadora pequeña. En esta zona, los números son finos, y esa opción nos permitía ahorrar costos», relató Betiana en declaraciones al sitio Agrofy News.
Con el tiempo, las cuotas de pago se volvieron cada vez más complicadas de afrontar y por eso decidieron salir a cosechar fuera. «Darío se encargaba de manejar la cosechadora, había un tractorista y yo me ocupaba de la casilla, el tanque de combustible, la logística para conseguir gasoil y cualquier otra necesidad que surgiera. Pero no tardé mucho en subirme a la cosechadora y juntos comenzamos a recolectar la misma cantidad de hectáreas», comentó.
El trabajo prolijo y la dedicación les permitieron sumar campos y ganarse la confianza de los productores. «Como buenos contratistas, nos posicionamos con el equipo necesario, y yo llamé a un conocido de la zona, quien me dijo que tenía numerosos contactos y que nos iba a recomendar. Hubo muchas personas que confiaron en nosotros, aunque también tuvimos que golpear puertas, en eso soy insistente», destacó la contratista su perseverancia en ese proceso.

Con su pareja cosechan 7.500 hectáreas por año.
Empoderada.
Betiana mencionó que la participación femenina en equipos de trabajo de este estilo sigue cargada de prejuicios. Al respecto rememoró una ocasión en la que un bolillero se rompió y tuvo que regresar al pueblo para comprar un repuesto, vestida con ropa sucia. «Al entrar al comercio, me miraron y me preguntaron por qué una mujer como yo estaba vestida de esa manera», no se olvida.
Las situaciones incómodas también surgen en las exposiciones rurales: «Si me acerco con Darío a un stand, es común que los hombres hablen directamente con él», dijo. Sin embargo, «esos prejuicios jamás me detuvieron: a mí me encanta andar en la cosechora, no me importan los comentarios de terceros, me da lo mismo lo que digan», aseguró.
«Manejar una cosechadora o un tractor, percibir el aroma de la tierra, observar la noche, el amanecer o el atardecer, son experiencias incomparables. Esos momentos se disfrutan desde una perspectiva muy especial mientras una trabaja en vivo en la recolección de los granos. Estoy segura que muchas familias lo deben vivir igual», sostuvo.

«Tiramos para el mismo lado»·
Trabajo en familia.
La demanda de trabajo le dio a la familia un propósito compartido. Jesús y Gonzalo, los hijos mayores de Darío, y que Betiana considera suyos, se involucraron por completo a las tareas rurales en cuanto finalizaron el colegio. Por su parte, su hija Ludmila ya ha expresado su interés en estudiar agronomía y en participar activamente en la próxima campaña aprendiendo a embolsar. Emocionada, ella afirmó: «Me siento profundamente orgullosa de mis hijos».
El trabajo en familia no solo los fortaleció, sino que se convirtió en una marca registrada en la zona. «Creo que al productor le da confianza ya que no hay grises: aunque Darío está al frente del equipo en cuanto a reparaciones y responsabilidades, todos tiramos para el mismo lado. Todos paramos en la misma casilla», afirmó.
«Ahora que terminamos la cosecha de maíz, limpié el galpón, acomodé todo para guardar las máquinas y luego regresé a casa para preparar un asado, como es tradición al término de cada campaña. Después de comer, y cuando bridamos, si preguntaras a cada uno por qué levantamos las copas, todos van a decir lo mismo: por otra campaña completada con éxito», finalizó.
Fotos de Agrofy News: Betiana Manglus sobre la cosechadora que utiliza en cada campaña.




















