Crónicas de verano: historias de vida de cinco mecánicos de Winifreda

Una recopilación de testimonios de emprendedores de la mecánica de la localidad a los cuales sus fieles clientes les confían la reparación de sus autos, camionetas, camiones y tractores. Son vecinos con una larga trayectoria en el rubro, todos empezaron muy de abajo, progresaron, continúan capacitándose y trabajando. 

Juan Thome y sus hijos Maximiliano y Luciano. 

Juan Thome y sus hijos, expertos en reparación de mecánica pesada

El vecino Juan Thome, trabaja desde hace más de 18 años continuos en la reparación de vehículos de mecánica pesada. También manipula el torno y domina la metalúrgica. Sus hijos Maximiliano y Luciano realizan las mismas actividades laborales. Todos los días utilizan distintas herramientas manuales y eléctricas para reparar partes de camiones, acoplados, máquinas e implementos agrícolas.

El taller familiar se encuentra en el denominado Parque Industrial de Winifreda, ubicado al norte de la zona urbana. Es un galpón de grandes dimensiones, en cuyas instalaciones pasan muchas horas del día entre los fierros.

Antes de vivir este presente laboral, Juan Thome trabajaba como camionero. Como chófer recorría las rutas del país transportando cereales y hacienda. Cuando su padre falleció en 2005, decidió independizarse laboralmente y ese mismo año se hizo cargo de un pequeño taller que su progenitor tenía en la calle Primera Junta. Su esposa Rosana Reinhardt estuvo de acuerdo.

«Empezamos con una mano adelante y otra atrás en un lugar muy precario, tenía muchas filtraciones, entre otros defectos. Y las herramientas que teníamos eran las indispensables: una eléctrica, una amoladora, taladros, distintas llaves», recordó.
Juan tenía un propósito: enseñarles a sus hijos una profesión, todo lo que él había aprendido de manera autodidacta. «No quería que ellos sean empleados», confió. Es así que Maximiliano y Luciano apoyaron la decisión de su padre y hasta el día de hoy le agradecen por haberles inculcado que para obtener algo es necesario

trabajar.

Los primeros trabajos que realizaron fueron reparación de carrocerías, frenos, elásticos, arenado y pintado. Durante 10 años la demanda fue creciendo. La gran mayoría de los camioneros del pueblo estacionaban sus vehículos de gran porte frente al taller para que sean arreglados.
Mudanza

En 2012, Thome aceptó un ofrecimiento de la Municipalidad y adquirió un terreno a precio fiscal en la Zona Industrial, Comercial, Acopios y Servicios. Dos años después, junto a sus hijos y colaboradores empezaron a montar un tinglado. Un día, una fuerte tormenta derribó su estructura. Por suerte las chapas no estaban colocadas. Durante varios meses estuvieron trasladando partes de la estructura afectada al antiguo taller para enderezarlas, soldarlas, hasta que lograron armar el tinglado. Más tarde lo cerraron con bloques.

En 2016 se establecieron definitivamente en la zona donde desarrollan su actividad sin inconvenientes. El taller tiene hoy 530 metros cuadrados cubiertos, de los cuales 475 metros cuadrados están destinados al trabajo y los restantes cubren una oficina y una matera para los infaltables asados con amigos.

El recuerdo de Don Tomás. 

Han dejado de lado el arenado y la pintura de carrocerías para dedicarse a otras tareas puntuales de la mecánica pesada. Para ello sumaron herramientas manuales y equipamiento de gran porte. Tienen dos máquinas de corte y plegado de chapas, una cortadora de plasma, rectificadora de campana, soldadoras de aluminio y dos tornos. «Mi maestro tornero fue Tomás Jañez. Siempre me decía que era necesaria mucha matemática para manejar el torno y tenía mucha razón», afirmó el entrevistado.

Los trabajadores son especialistas en el arreglo de sistemas de frenos, mecanismos de dirección, cojinetes de las ruedas, entre otras partes de los rodados pesados. No se dedican al arreglo de motores. Tienen clientes de Winifreda, Santa Rosa, Colonia Barón y Eduardo Castex. Y hacen muchos auxilios en rutas. Sus servicios son requeridos por camioneros cuando a sus camiones se les corta un eje, un palier o presentan otros inconvenientes que les impiden movilizarse.

Martillan, desarman, sueldan. Esas y otras tareas realizan, entre aceites y lubricantes, Juan y sus hijos. Son un ejemplo de esfuerzo y tenacidad.

Néstor y Sebastián Villarreal. 

Néstor Villarreal, pasión por la mecánica

El winifredense Néstor Omar Villarreal, apodado «Tero», es un ejemplo de pasión por su trabajo. Tiene 54 años y acaba de cumplir 41 años como mecánico. Repara motores de automóviles, camionetas y tractores. Es un entusiasta de los fierros como su hijo Sebastián de 25 años quien siguió sus pasos en el taller.

Corría el año 1981, Néstor tenía 13 años y terminaba la escuela primaria en el pueblo. Le gustaba tanto la mecánica que se fue a trabajar como aprendiz al taller de su tío Roberto «Tito» Nunia”. Lo hizo con el consentimiento de sus progenitores. Estuvo once años trabajando a la par de su familiar directo y adquirió conocimientos en base a mucha práctica. En 1991 abrió su propio taller en un galponcito ubicado en la casa de sus padres. Arreglaba motocicletas, motores de autos, camionetas, camiones, realizaba soldaduras en general y trabajos de electricidad.

En 1994 se mudó a un terreno de grandes dimensiones que había comprado con sus ahorros y sobre el cual construyó en etapas su actual taller de 130 metros cuadrados en calle 9 de julio. En la década del 2000 dejó de lado la electricidad del automotor y la reparación de camiones e incorporó el servicio mecánico de tractores. Esa decisión fue acertada y su clientela aumentó de manera exponencial. Es que hasta ese momento muchos de estos vehículos se reparaban en otras ciudades.

Talento. 

Es un experto en la reparación de motores de mucha potencia de marcas líderes en el mercado como John Deere, Massey Ferguson, Deutz, Pauny, entre otros. También, se ocupa de las roturas de engranajes, embragues y de poner a punto el sistema hidráulico. Con el transcurso de los años su nombre y trayectoria comercial fueron haciéndose conocidos en una amplia zona de La Pampa. Por eso tiene clientes de varias localidades, entre ellas Miguel Riglos, Anguil, Luan Toro, Victorica, Colonia Barón, General Pico y Winifreda. «Un 60 por ciento proviene de la zona rural y un 40 por ciento de la zona urbana», puntualizó.

Ha realizado cursos online y capacitaciones presenciales en reconocidas empresas rectificadoras de motores. «La tecnología cambia continuamente y eso te lleva a capacitarte y a invertir permanentemente en herramientas. Últimamente hemos adquirido equipos electrónicos y neumáticos para desarmares generales», precisó.

En verano su taller está abierto de 8 a 12 y de 15:30 a 21 horas aunque reconoce que «el horario es flexible y puede extenderse porque trabajamos a requerimiento del cliente». También, hace auxilios al campo.

Equipo. 

Villarreal acumula cuatro décadas de trabajo intenso. De levantarse todos los días temprano, llegar al taller, encontrarse con vehículos de mecánica liviana y pesada y ponerse manos a la obra. Confesó que «aprendí a manejar la ansiedad, el gusto por la mecánica continúa pero hay días en que bajamos un cambio». Su hijo Sebastián tenía 15 años cuando empezó a trabajar en el taller junto a su padre. «No quiso seguir estudiando entonces acepté que me acompañara para que aprendiera un oficio que le sirviera para su futuro laboral. Está a mi lado hace una década y la verdad que me ayuda muchísimo. Está muy capacitado. Me siento orgulloso de él», expresó entusiasmado.

Tanto Néstor como Sebastián se iniciaron en el oficio desde muy pequeños y hoy siendo adultos continúan haciendo lo que les gusta. En sintonía son fierreros. Pero lo más importantes es que son personas de confianza y muy apreciadas en la comunidad.

Carlos Leguizamón en su taller. 

Carlos “Pato” Leguizamón: «Pasión por la mecánica tradicional»

El vecino Carlos Leguizamón, apodado “Pato”, tiene 59 años de edad y lleva 44 años dedicándose a la mecánica tradicional de vehículos diésel y nafteros, oficio que aprendió de su padre Abel, ya fallecido. Hace tiempo que se ganó el aprecio de la comunidad y de sus numerosos clientes, varios de localidades aledañas. También, es bombero voluntario y camionero.

El trabajador conserva un documento histórico: la primera licencia comercial que tuvo su papá otorgada en marzo de 1967. En ese año estaban en actividad los talleres mecánicos de Francisco “Pancho” Cornelis, Antonio Rodríguez, José “Rubio” Berger y Abel Leguizamón.

«Terminé la primaria en la Escuela 104, y cuando tenía 12 años lo acompañaba al camionero Miguel Zimmerman a la zona rural. Cuando íbamos hacia los distintos campos me enseñaba a manejar», recordó su acercamiento a los rodados pesados. «A los 15 años me dediqué firme al taller mecánico, como todo principiante mis primeras tareas fueron el lavado de piezas con kerosene, un líquido que se usaba mucho en ese tiempo», continuó.

Durante varias décadas, su padre brindó el servicio de chapa y pintura dentro del taller que se encuentra en la calle Primera Junta. Su construcción fue financiada por una ex agencia de automóviles. «En ese momento se había instalado Wini Automotores. La gente entregaba sus autos Falcón o Chevrolet y compraban un 0 kilómetro. Mi viejo reparaba esos vehículos usados y los dueños de la agencia le financiaron la instalación casi completa de este galpón que tiene 250 metros cuadrados (10 x 25). Incluso ahí (señala una esquina) iban a construir una sala de pintura, pero no pudieron hacerla porque con el tiempo abandonaron la agencia, igual mi padre siguió con ambas actividades en este local», contó.

Su clientela eran chacareros y gente que trabajaba en la zona rural. «Recuerdo a “Rucho” Jacobi y a su hijo Tito, eran molineros y mi viejo se quedaba noches enteras reparándoles la camioneta para que al día siguiente pudieran seguir trabajando. Amaba su profesión y me transmitió esa pasión por la mecánica», manifestó. El 19 de octubre de 2022 hizo once años que falleció Abel Leguizamón. En sus años de juventud Carlos reparaba vehículos pesados como camiones y tractores, trabajo que con el tiempo fue mermando para dedicarle más tiempo a la reparación de camionetas y automóviles sin inyección electrónica.

Hoy.

«Mi fuerte es la mecánica tradicional. Me gusta este trabajo porque uno lo hace con pasión», afirmó. A algunos de sus clientes los atiende desde hace 30 años. Tiene un importante stock de herramientas que continuamente va renovando.

Leguizamón fue uno de los fundadores del Cuartel de Bomberos de la localidad que tiene 23 años de existencia y desde sus inicios forma parte del cuerpo activo formado en 1999. Actualmente no está en funciones porque deberá someterse a una operación de rodilla.

Es un hombre inquieto. Además de mecánico es camionero. Maneja un camión junto a su hijo Aldo, de 29 años, quien pasa más horas al volante. El 12 de diciembre cumplieron diez años ininterrumpidos como transportistas de hacienda. Desde los inicios fueron renovando las unidades. «Empezamos con un Dodge 800 que era de Rafael Reinhardt, después tuvimos un Ford 7000, un Mercedes 11/14 y ahora tenemos un Volkswagen, siempre chasis y acoplado», detalló. “El Manzo” es la marca que identifica al transporte.

También, Leguizamón vende y distribuye agua de mesa envasada en bidones de 20, 10 y 12 litros, descartables de 6 litros y botellitas de 600 cm cúbicos.

Su vida personal volvió a colmarse de felicidad cuando se convirtió en abuelo. Diariamente «disfruta» de su nieta Bruna de 3 años y medio. Ella es su fuente de admiración y adoración profunda. «La veo todos los días y a cada rato», confió con los ojos brillosos.

Carlos Lazarte en su propio taller de reparación y pintura. 

El chapista que llegó de Casilda a Winifreda inauguró su taller

El 26 de marzo de 2023 quedará grabado para siempre en la memoria de Carlos Lazarte. Ese día abrió las puertas de su taller de reparación y pintura en un local de su propiedad.

Este joven es nativo de Casilda, Santa Fe, y eligió Winifreda para vivir y trabajar en un oficio que no tiene fecha de caducidad. La construcción del inmueble le demandó casi cinco años. Fue incesante la cantidad de personas que pasaron a saludarlo y a desearle éxitos en esta nueva etapa de su vida. Muchos tomaron una fibra negra y dejaron escritos sus buenos deseos en dos chapones que aún permanecen colgados en la pared. Carlos estuvo acompañado por su padre Juan Carlos, su madre María Lujan Molina y su novia Micaela Giménez, quienes viajaron 600 kilómetros desde la ciudad santafesina a la localidad unos días antes de la apertura.

En diálogo con Infowini, Lazarte expresó: «Es muy emocionante lo que estoy viviendo. La cantidad de gente que ha venido a saludarme fue muchísima, estoy muy contento como nos han acompañado. Gracias Winifreda». «Mi papá estuvo un día completo haciendo la escalera que conduce al segundo piso, yo me dediqué a dejar en condiciones el portón, mi novia y mi mamá estuvieron limpiando, por suerte salió todo perfecto», se alegró.

Primeros pasos.

Durante cuatro años estuvo trabajando como empleado en un taller de chapa y pintura. Luego, decidió independizarse. Fue así como el 1 de octubre de 2018 alquiló un salón en la avenida Alfonsín donde estuvo cuatro años. El matrimonio Cerezal, propietario de ese local que ahora está desocupado, pasó a felicitarlo. Lazarte ya está instalado en sus nuevas instalaciones. «Ahora seguiré trabajando con fuerzas renovadas gracias a Dios porque esto ya es de uno», enfatizó.

Sacrificio.

Su padre Juan Carlos fue testigo del progreso de su hijo. Permaneció a su lado cuando compró el terreno en cuotas, hizo los cimientos, levantó las paredes hasta que finalmente llegó el día de la inauguración. El hombre trabaja como metalúrgico en Casilda y profesa la religión evangélica. Se le preguntó por qué su hijo abandonó una zona productiva para venirse a La Pampa. Al respecto, respondió: «Siempre quería conocer otros lugares y se vino a Winifreda porque tiene parientes acá. Enseguida se enamoró de la tranquilidad del pueblo y de su gente. Empezó a trabajar en un taller de chapa y pintura (hoy cerrado), después se fue perfeccionando, haciendo cursos, le llegó la oportunidad de comprar el terreno y empezó de cero».

Reveló que su hijo es técnico electromecánico. «Lo que tiene lo ha conseguido con mucho sacrificio y esfuerzo, la gente de Winifreda lo apoyó muchísimo», remarcó. «Estamos por demás orgullosos porque hizo realidad su sueño», finalizó.

Elogios.

En el local estuvo el emprendedor Víctor Hugo Mosman, quien tiene una carpintería rural siguiendo la tradición que iniciaron sus tíos en el año ’56. «Lo que puedo decir al ver este nuevo taller es: el que todavía quiere, puede. Si te planteas una meta, si bien hoy la situación no está fácil, yendo paso a paso podes conseguirla. Carlos nos está demostrando que todo se logra en la vida». Recordó que el vecino «llegó con una mano atrás y otra adelante y encontró en Winifreda su lugar en el mundo y en la gente un montón de apoyo».

Es que ha reparado bien la carrocería y la chapa de cientos de vehículos que cayeron en sus manos dejando conforme a su clientela. «Eso es fundamental para la continuidad laboral», dijo Mosman. «Ojala que las nuevas generaciones tengan las mismas ganas de trabajar que Carlos porque es una pena que se vayan perdiendo oficios», anheló. Le aconsejó a Lazarte «ser muy ordenado en las finanzas, si toma deuda que pueda pagarla y que sea honesto. Con eso se llega lejos».

Roberto Nunia, su hijo Pablo y la máquina de Alineación y balanceo. 

En Winfreda cumplió 45 años el taller de “Tito” Nunia

El taller mecánico de Roberto René “Tito” Nunia cumplió 45 años de trayectoria comercial en Winifreda. Su dueño festejó sus 70 años de vida el pasado 21 de diciembre y no se detiene. Fue el primer empleado bancario de la localidad pero renunció para dedicarse a la mecánica.

En su local repara motores diésel y nafteros, dispone de un moderno elevador de automóviles, brinda los servicios de alineación y balanceo computarizado con una máquina de última generación, inyección electrónica y vende repuestos.

Primer bancario.

Nunia repasó su recorrido laboral. «Tenía 9 años cuando iba a la Escuela Nº104 y en contraturno trabajaba como aprendiz en el taller de José Fridirich con quien estuve un año. Terminé séptimo y dejé el secundario en segundo año. Después, estuve siete años y medio trabajando con Francisco “Pancho” Cornelis (tallerista ya fallecido) y cuando cumplí 21 años cambié completamente de trabajo».

A esa edad y en octubre de 1974 «ingresé al Banco de La Pampa cuando en sus inicios funcionaba en la Municipalidad con siete empleados y yo era el único bancario del pueblo, fui el primero. Con el gerente y el contador salíamos a recorrer los campos con una máquina de escribir y una de sumar a palanca y así hicimos los primeros clientes del banco». Además, «a la tarde también trabajaba en la administración de la firma García Gómez Rouco y los fines de semana arreglaba antenas de televisión y radio y realizaba arreglos menores de mecánica».

El taller.

Después de cuatro años y medio renunció a la entidad bancaria para abrazar su actual profesión. En 1978 compró un terreno en la calle Pedro Luro, montó un galpón cerrado y abrió su taller en sociedad con otro vecino winifredense. «En 1980 mi socio me vendió su parte y arranqué por cuenta mía», dijo. «Los años siguientes fueron muy duros. Había sacado un crédito de 2.400 pesos para pagarle a mi socio, me agarró la circular 1050 emitida durante la gestión de Martínez de Hoz y al cabo de dos años devolví 7.681 pesos. Después una pedrada me llevó el galpón y lo tuve que levantar de nuevo», no se olvida.

Se recompuso y siguió adelante. «Reparaba automóviles, camiones, máquinas pesadas y hacía soldaduras. Trabajaba fines de semana y feriados. En Embajador Martini compré un torno y la persona que me lo vendió me enseñó a usarlo. Todavía funciona a la perfección», rememoró. Fue toda una novedad en el pueblo cuando anexó el servicio de alineación y balanceo por eso tenía clientes de toda la zona de influencia. «El año pasado compramos una alineadora y balanceadora computarizada para autos y un moderno elevador», señaló.

Modernización.

Con los años fue ampliando las dimensiones de su galpón para trabajar con más comodidad, incorporó herramientas para reparar autos de alta gama y anexó venta de repuestos para automóviles. Durante seis años, en su taller comercializaba vehículos ya que tenía «contactos» con un vendedor de una agencia de Santa Rosa. «Lo que más vendíamos eran camionetas», expresó.

«Antes viajaba mucho a los campos porque los tractores eran chicos, andaban muchas horas y se rompían. Hoy, la mayoría son articulados, con pocas horas hacen muchas hectáreas y prácticamente no tienen roturas», marcó un cambio. Su fuerte son los automóviles.

Capital con mucho trabajo.

Nunia tiene tres hijos. Pablo heredó el oficio cuando tenía 18 años y trabaja junto a su progenitor hace 20 años. Roberto administra una inmobiliaria en la localidad y Alejandro es ingeniero electromecánico, especializado en robótica, y vive en Chile.

“Tito” tiene proveedores de Córdoba, Rosario, Buenos Aires y Bahía Blanca. Antaño recibía a los viajantes en su comercio, pero la visita presencial en los tiempos actuales «se ha terminado, hoy es todo virtual, los pedidos se hacen por teléfono y correo electrónico».

En el final, el mecánico reflexionó: «Siempre me gustó este oficio, tener algo mío y afortunadamente pude mantenerlo en el tiempo. El capital que tengo lo hice trabajando y eso me pone muy contento. Los tropiezos que uno tuvo en la vida forman parte del pasado».

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