Recuerdan el paso de Carmen Rivera por la Escuela Espiga de Oro

El 8 de agosto falleció en Santa Rosa Carmen Nelly Pérez viuda de Rivera, una querida docente de Winifreda. Tenía 89 años, una extensa carrera en la educación pampeana y un profundo amor por enseñar. La noticia conmocionó a la comunidad winifredense y sobre todo a sus ex alumnos y alumnas.

Rivera formó parte de una camada de egresados de la Escuela Normal de Santa Rosa con el título de Maestros Normales Nacionales. Durante varios años fue directora de la Escuela Espiga de Oro Nº148, ubicada en zona rural de Mauricio Mayer. El edificio fue clausurado por el Ministerio de Educación por baja matrícula. En sus aulas se educaron niñas y niños winifredenses que hoy siendo personas adultas tienen palabras de afecto para el establecimiento educacional que los cobijó durante un período de la infancia y para la maestra que partió de este mundo.  

Una de sus alumnas fue la docente winifredense Adriana Calderón Pacheco, quien recordó a su maestra durante su paso por esta escuela, en una semblanza publicada en la Revista del Museo de Winifreda. Cuando ingresó al establecimiento era la única mujer.   

Palomitas blancas. 

«Hace muchos años, la mayoría de los niños de la zona debíamos concurrir a este lugar, aunque ya funcionaba en el pueblo la Escuela 104. Muchos se burlaban porque concurríamos a un sitio apartado de la localidad con camino de tierra, con dificultad para transitarlo cuando llovía, pero nosotros éramos once niños que nos gustaba ir a la ya cerrada Escuela Espiga de Oro Nº148. En ella vivimos nuestra infancia con mucha alegría, aprendimos a leer, escribir y calcular con facilidad», comienza su relato.  

«Cuando yo llegué era la única “nena” como me decían mis compañeros. Nuestra maestra era la señora Carmen Rivera. La escuela era muy grande, tenía un patio con espacio suficiente para que todos pudiésemos jugar en el recreo. En un extremo, muy cerca del tapial estaba el mástil», continuó. «Cada vez que paso por allí, lágrimas caen de mis ojos, porque la veo sin una palomita blanca que cante Alta en el Cielo porque ya no se iza la bandera», siguió.    

Pacheco vivía junto a su familia alejada de la zona urbana de Winifreda. Hasta la subestación de la Administración Provincial de Energía (APE), «mis abuelitos me llevaban todos los días para que Doña Carmen, en su Opel negro (el “negrito” como nosotros le decíamos) me llevara a la escuela. Paso a nivel tras paso a nivel iba buscando a la mayoría, otros iban en tractor, a caballo o en camioneta».

Adriana Calderón Pacheco con sus compañeros de aula en la escuela rural. 

Sin maldad. 

«Las clases para nosotros eran, además de una obligación, una diversión, ya que esperábamos ansiosos el recreo para jugar o charlar. Éramos muy unidos, pocas peleas surgían. Allí se jugaba al fútbol y con Nazareno, me compañero de curso, jugábamos a los indios. Una vez nos hicimos una hermosa choza, con lanzas y flechas, todo con la ayuda de nuestra amada maestra, en ese momento estábamos estudiando un tema referido a las comunidades aborígenes. Si hay algo que jamás olvidaré de aquellos tiempos es que éramos muy juguetones e inquietos, cada uno de nosotros no sabía lo que era la maldad, la venganza, el odio y el rencor», prosiguió.  

«Nos relacionábamos con chicos de Mauricio Mayer ya que la señora Carmen nos llevaba seguido. Allí participábamos en juegos como jabalina, salto en largo, entre otros. En aquel entonces la intendencia la ocupaba Aníbal Domke, quien era muy amable y cariñoso con nosotros. Estaba también el profesor Roberto García el cual nos preparaba para el certamen deportivo que se realizaba en Mayer. Cuando íbamos de visita a esa localidad hubo una persona que siempre nos acompañó en todo y a todos lados: la exdirectora de la Escuela 103 Catalina Fogel. Eran encuentros muy divertidos», rememoró.  

La película. 

Pacheco contó que en la escuela Espiga de Oro «se realizaban campeonatos de truco, para recaudar fondos. También, había un grupo de padres y ex alumnos que formaban un gran equipo de fútbol con el cual representaban a la institución en los distintos partidos relámpagos que se realizaban en la zona o en localidades aledañas».

«Las fiestas patrias se hacían siempre, no nos olvidábamos de ninguna y eran muy lindas. Recuerdo que el exgobernador Rubén Marín visitó la escuelita cuando instalaron la luz eléctrica, el 30 de diciembre de 1987», destacó en otro párrafo.

Un día, la maestra Rivera «nos dijo que nos necesitaba para una película que se filmaría dentro de la propia escuela. Y así fue. Una mañana de vacaciones de verano nos reunimos todos en la escuela, nosotros no entendíamos nada, pero decíamos lo que nos decía el director Oskar Aizpeolea. Lo que filmaron fue un día de clases normal con nosotros en las aulas. Ellos habían traído autos viejos y en el patio instalaron una carpa donde luego del mediodía almorzaron. Con el paso de los años nos dimos cuenta que habíamos estado conformado un elenco de cine. Esta película es muy linda y se titula Loraldia (El tiempo de las flores)».  

Juan Manuel Gareis, abanderado, escoltas Adriana Pacheco y Nazareno Herlein, detrás Carmen Rivera.

Buenas personas. 

La escuela tuvo ingresantes y egresados. «De aquellas once palomitas que estuvieron varios meses juntas se sumaron Carlos Di Pierro, Pablo Müller, Paola Camps y Sebastián Arias. Éramos muy unidos y un poco inocentes. En esta escuela, además de educarnos, aprendimos a ser compañeros, a ayudarnos entre nosotros, a relacionarnos». «Con la maestra aprendimos el respeto hacia las canciones patrias y a ser buenos alumnos. Ella nos indicó el camino para ser buenas personas y todo lo que nos enseñó es el reflejo de lo que somos hoy. De ella adopté la devoción por la lengua y la literatura. Es por eso que en este texto se mezclan los recuerdos con el aprendizaje de aquellos tiempos», enfatizó Pacheco.  

«Estás en mi corazón». 

«Escuela querida nunca te olvidaré, en mí vives como uno de mis más inolvidables y preciados recuerdos, de esos que se llevan guardados en el fondo del corazón. Fuiste la que me protegiste del frío y la lluvia de aquellos días escolares, la que con tus ventanas de rejas negras nos transmitías el tibio calor del sol que nos iluminaba el cuaderno los días sin luz. Mañanas y tardes quedaron impregnadas en cada aula, en cada pasillo y demás habitaciones de la escuela Espiga de Oro, mi segundo hogar», poetizó.   

Esta escuela «fue mi mejor enseñanza primaria. Gracias a mi maestra Carmen, vuela alto y sigue educando. Estas en mi corazón», finalizó Pacheco.  

Foto: Pacheco junto a Diego, Nazareno y Carlos Elio Herlein, Daniel y Marcelo Müller, Jano Herlein, Santiago y José Luis Domínguez y Juan Manuel Gareis. Eran infantes, hoy son adultos.  

Foto: Adriana Calderón Pacheco de niña con su maestra Carmen Rivera. 

Emotiva cabalgata en honor a «Kin» Castañeira: «Me hubiese gustado disfrutarlo más»

Facebook