Homenajearon a descendientes de alemanes en Doblas

La Asociación Descendientes de Alemanes en La Pampa realizó el domingo, en coincidencia con el Mes del Inmigrante, una actividad en conjunto con el área de Cultura de la Municipalidad de Doblas para homenajear a tres descendientes de la colectividad radicados en esa localidad del sur pampeano.

Entre mates y tortas típicas, la entidad reconoció a Delia Wilberger, Antonio Furch y Otilia Wilberger, quienes nacieron, crecieron, trabajaron y formaron sus familias en Doblas convirtiéndose en personas transmisoras de la cultura y costumbres alemanas. 

La actividad se desarrolló en La Casa de la Cultura, donde se dieron cita las tres personas adultas homenajeadas con sus respectivos familiares y amistades y público en general. La asociación de alemanes estuvo representada por Melina Weymann, Oscar Folmer, Tania Rasch y Patricia Wigand. Todos fueron recibidos por Anelisa Gómez, actual intendenta de Doblas.  

En el inicio del acto, Jesús Gallego, referente municipal de cultura de Doblas, expresó palabras de bienvenida y valoró que se lleven adelante este tipo de reconocimientos a personas del pueblo.   

De igual forma, miembros de la asociación agradecieron al municipio por hacer posible este encuentro cultural que contribuye a visualizar a vecinas y vecinos descendientes de la colectividad activos socialmente.    

Luego, comentaron sobre la muestra fotográfica que recrea la vida de los alemanes en La Pampa, desarrollada por la asociación junto al fotógrafo Javier Martín de Santa Rosa, que se exhibía en la casa cultural junto a una exposición de objetos antiguos de las colonias alemanas en nuestro territorio.

Seguidamente, leyeron palabras en alusión al Día del Inmigrante y finalmente entregaron los reconocimientos a las personas mayores homenajeadas. Compartieron sus historias de vida, disfrutaron de una charla distendida acompañada de mates con tortas alemanas como riwwel kuchen, strudel y tarta de ricota elaborados por las familias de los agasajados.  

Delia: «Cocino kivikils».

La primera homenajeada fue Delia Wilberger, quien nació  en un campo entre Doblas y Ataliva Roca el 31 de enero 1931. Tiene 92 años y tuvo 12 hermanos.

Delia contó que sus progenitores se llamaban Jorge Wilberger y Elisabet Bauman. Su papá llegó desde Rusia, la zona del Volga, con cinco años a la Argentina. Tiempo después contrajo matrimonio y con su esposa se instalaron en la provincia de Entre Ríos y más tarde viajaron a La Pampa donde se asentaron en el sur del territorio: primero en zonas rurales de Guatraché, luego en Alpachiri y finalmente recalaron para siempre en Doblas.

De su infancia, la abuela recordó que en un carrito ruso iba a la escuela que quedaba a dos leguas y media de su vivienda. Pero antes de salir, ella y su hermano debían ordeñar muchas vacas. Cuando terminaban la tarea, se cambiaban de ropa rápidamente, su hermano mayor tenía que buscar los caballos, atar el carro y luego partían. 

Cuando volvían de la escuela, enseguida colaboraban con las tareas del campo. Toda la familia lavaba, planchaba, remendaba, criaba gallinas y chanchos. Delia y varios de sus hermanos iban a misa en un campo cerca de Doblas donde tomaron la comunión hasta que se hizo la iglesia en el pueblo. La casa donde vivían tenía una cocina muy grande y cuatro dormitorios. 

En su juventud iba a los bailes, que se realizaban solo en las fechas patrias. Delia contó una divertida anécdota: «Mis hermanos me elegían para que le pidiera el auto a papá. La respuesta siempre fue positiva, pero nos decía que volviéramos  temprano. Al otro día, muchas veces pasábamos de largo y nos poníamos a trabajar sin dormir».

En uno de esos tantos bailes, Delia, con 29 años, conoció a quien sería su esposo y en 1960 se casó con Nicolás Thomas, quien tenía 30 años. Durante un lustro trabajaron en un campo, donde nacieron sus hijos, luego se mudaron al pueblo porque Delia quería que vayan a la escuela. La mujer se encargaba de los hijos y hacía trabajos de costura para afuera.

Actualmente vive sola, pero acompañada por su familia: sus nietos, hijos, nuera, quienes la visitan todos los días o la buscan para tomar mate o comer. Ella cocina una receta alemana. «Me gusta pasar tiempo en el patio, podando plantas, pero lo que más me agrada es cocinar kivikils, muy requeridos en mi casa porque me salen muy ricos», finalizó.

Antonio: «Siempre hay que trabajar».

En segundo lugar, el reconocimiento fue para Antonio Furch, nacido en Doblas el 26 de junio de 1928. Sus padres, León Antonio Furch y Clara Kedack, nacieron en Caramurat, Rumania, llegaron en barco a nuestro país, se instalaron en Colonia San José y más tarde en Doblas. Vivían en casa de adobe que luego se revistió con ladrillos. Antonio pasó su infancia junto a sus catorce hermanos, siete varones: Juan, José, Luis, Emilio, Leo y Dionisio y siete mujeres: Catalina, Cartula, Nélida, Clara, Ángela, Rosa y Matilde.

Iban a la escuela caminando en grupos de dos o tres hermanos porque los demás ya eran adultos. Contó que se vestían con alpargatas y pantalones cortos y polleras las mujeres. En época de heladas pasaban mucho frío, generalmente llegaban una hora más tarde a las aulas y cuando llovía no iban o cruzaban los charcos descalzos para no mojar las alpargatas. 

De visita a los vecinos, Antonio conoció a Clelia Ilarregui con quien se casó en 1960. Tuvieron dos hijas: Alicia y Araceli (conocida como “Kitty”). A Clelia la recordó como «una mujer excelente, muy trabajadora, se ocupaba de todas las tareas de la casa y aprendió a manejar cuando la primera de nuestras hijas tenía que empezar la escuela que quedaba a 5 kilómetros de nuestra casa. A las dos se ocupó de llevarlas y cuando llegó el tiempo de que hicieran el secundario, todos los días hacía 50 km, ida y vuelta, casi todo por camino de tierra, y así completaron los estudios de nivel medio, con ninguna o muy poquitas faltas».

En cuanto a los trabajos en el campo, la siembra la realizaba a caballo y cuando estaba para cosechar primero espigaba formando parvas y en invierno trillaba. Luego, embolsaba y estibaba. Cosechaba trigo, maíz, alfalfa, avena. Tenían vacas lecheras, las ordeñaban para consumir la leche en la casa y vendían crema y manteca. También, tenían aves (gallinas, pollos, pavos) y animales de corral (lechones, ovejas) para autoconsumo familiar. En las carneadas elaboraban chorizos, jamón, panceta, morcilla negra y blanca, queso y todo esto era la comida principal en invierno. Antonio fue resero y muchas veces le pasó que tuvo que dormir en la calle sobre el recado y abrigarse con el poncho de agua

Tenían viñedos para comer uvas, hacer vino y grapa. También, rememoró que compraban grandes cantidades de repollo para hacer chucrut. Las mujeres hacían el pan casero, cosían para la familia y algo para otros, hilaban la lana que se sacaba de la esquila de las ovejas y luego usaban para tejer pulóveres, guantes, medias.

Antonio tiene 95 años, vive solo, disfruta de sus dos hijas y dos nietas que son «mis grandes amores», dijo. Dejó una reflexión de vida basada en los valores de sus antepasados alemanes. «Para estar bien, siempre hay que trabajar, tener un motivo para levantarse todos los días». «Hoy hago cosas en el patio, planto árboles, corto el pasto, pinto y espero a mi familia para almorzar, a veces con comidas alemanas, pizzas caseras o asados», cerró.

Otilia: «Tengo 41 sobrinos».

Por último, se rindió homenaje a Otilia Wilberger. Tiene 85 años, nació en Doblas el 1 de septiembre de 1938.  Su padre Pedro Wilberger y su madre Catalina Koller tuvieron doce hijos: Jorge, Florentina, Francisco, Juan, Pablo, Rosa, Delia, Pedro, Bárbara, Antonio, Lydia y Otilia, la más chica. Esta última tiene 41 sobrinos. 

Otilia contó: «En las noches de verano, después de cenar, mamá y papá solían sentarse en el patio. Yo, que era la más chiquita, me iba a la falda de mamá, quien me tapaba con su amplio delantal de cocina. Ahí estaba, calentita; todavía siento los mimos del cuerpo de mamá. Nos entreteníamos mirando el cielo. Las noches de verano en el campo nos regalaban un firmamento inmenso, estrellado, un paisaje maravilloso. Ahí me fueron enseñando a hallar el Lucero, la Vía Láctea, el Rastrillo, las Tres Marías, la Cruz del Sur. Aún recuerdo esos hermosos momentos con mucha nostalgia».

En su época de juventud no había boliches para salir como hay hoy. En su lugar iban a los bailes, que no se hacían muy seguidos, y se organizaban cada dos o tres meses, primero en un galpón del ferrocarril y luego en la sede del Club Independiente, y generalmente coincidían con alguna fiesta patria o del pueblo. Arrancaban cerca de las 21:30 y duraban hasta las 3 de la madrugada. Se musicalizaban con alguna vitrola o bien con Cirilo Sosa u otro músico.

La iluminación era con faroles a kerosene (a los que había que llenarles el tanquecito porque se apagaban). Y a pesar de que había poca luz, al hombre no le podía faltar traje, corbata ni zapatos, aunque viniera en sulky o a caballo. Las damas, claro, también se ponían coquetas. Siempre acompañadas por personas mayores, generalmente sus madres, que se juntaban con la mamá de alguna amiga.  

Muy entusiasmada, Otilia relató cómo eran esas noches de bailes: «Las sillas y mesas estaban organizadas alrededor de la pista. Para invitar a la chica a bailar, el varón se paraba en frente, del otro lado de la pista, y le hacía seña con la cabeza. Si te gustaba, le confirmabas sutilmente del mismo modo. Si no, te hacías la distraída. Algunos venían a buscarnos a la mesa y decían “¿bailamos, señorita?” o “¿me acompaña a bailar?” Si no querías, ponías alguna excusa y buscabas auxilio en algún amigo para evitar al pretendiente. Había mujeres que directamente les decían que no enfrente de toda la mesa, lo cual quedaba feo porque se consideraba un papelón. Otras decían “no bailo”, pero después bailaban si las buscaba el que les gustaba, lo cual tampoco quedaba bien. Yo en general, si me venían a buscar, salía a bailar un rato, para no despreciar. Al otro día se comentaba ´cómo planchó la Fulana´. Por suerte, yo no planchaba… ¡con lo que me gustaba bailar!».

Con su marido, Rubén “Tin” Iglesias, se conocían de chicos, eran vecinos del campo e iban a la misma escuela. El 1º de septiembre de 1964 se comprometieron y cuatro días después se casaron. De esa unión nacieron Marta Beatriz, María Laura y Fernando Rubén. Hoy tiene siete nietos varones y dos bisnietas.

Actualmente Otilia vive sola, ya que en junio del año pasado perdió a su esposo como consecuencia del Covid. Le gusta cocinar, recibir visitas, usar redes sociales, ir al gimnasio, jugar al rummy y toda actividad que se relacione con otras personas. Aprovecha para hablar en alemán cuando encuentra en la calle o comercios del pueblo a alguien que también lo hace. El año pasado publicó su libro, llamado “Memorias de una niña feliz”.

Otilia finalizó recitando una frase de Alejandro Dumas: «La vida es tan incierta que la felicidad debe aprovecharse en el momento en que se presenta».

Fotos: Delia, Antonio y Otilia junto a miembros de la Asociación Descendientes de Alemanes.  

Imágenes del recuerdo de las personas homenajeadas. 

Alemanes del Volga: la salchicha con chucrut, la vedette en Colonia Barón

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