Parador “El Descanso” es una antigua proveeduría ubicada al costado de la ruta 10, a unos 20 kilómetros al oeste de Winifreda. Tiene más de ocho décadas de existencia. Este sitio tradicional fue fundado en 1939 por Francisco Doys. En sus inicios funcionaba como pulpería y almacén de ramos generales. La persistencia de Ester, hija de Francisco, hace que el local -conocido popularmente como “El boliche de Doys”- resista el paso del tiempo y se mantenga vigente.
Es único en su estilo y un punto de encuentro de una amplia zona rural. Su actual propietaria atiende de buena manera a los chacareros y a quienes circulan por la zona. Desde hace tiempo tiene para la venta no solo bebidas sino también mercaderías en general.
Doys Festival.
Frente a sus instalaciones se realiza cada verano un festival donde espontáneamente se acercan cantores, guitarreros y bailarines. Los espectadores llevan carne para la parrilla, la asan y consumen en el lugar mientras disfrutan del show al aire libre. La última edición del “Festival Doys” fue el 14 de enero. Los organizadores del evento son Omar Lobos, Darío Jañez, Ignacio Martín, entre otros amigos.
«Desde el principio dijimos que el Doys era un asado con guitarreada en un boliche de campo y a pesar de que se ha ido ampliando espontáneamente la convocatoria por conocimiento, apoyo, gustos, tratamos de mantener ese espíritu inicial», indicó Lobos. Con los años el acontecimiento fue creciendo en cantidad de público. Hubo noches de hasta 500 personas. Sobre el lugar donde se desarrolla el encuentro, Lobos dijo que «aprovechamos la trayectoria de uno de esos raros fenómenos culturales que van quedando como son los boliches de campo. Tenemos la suerte de tener en nuestra zona este boliche con almacén incluido al que le festejamos los 80 años en 2019. Me acuerdo que colgamos un pasacalle. Fue fundado el 19 de abril de 1939 por Francisco Doys y su hija Estercita lo sigue atendiendo. Ella es una institución y su local un raro fenómeno cultural que la propia vida fue creando con el surgimiento de las colonias rurales». Está situado a cuatro leguas camino a Victorica.

Desde su punto de vista «lo pintoresco» del paisaje atrae a concurrentes al festival muchos provenientes del oeste pampeano. «Desde el comienzo viene gente de Santa Rosa, Eduardo Castex, Winifreda pero siempre es notable la afluencia de público de Loventuel, Luan Toro, Victorica hasta de Santa Isabel. Ellos dicen que vienen a “las tierras de los rusos”, nuestra cultura más agraria, en cambio en el oeste predomina el mundo del monte, de los puestos, de la ganadería, que empatiza más con este tipo de propuesta que tiene su mística».
El festival tiene sus particularidades. «Los asistentes se traen sus reposeras y su pedazo de asado, hay parrillas disponibles, algunos se traen las suyas, armamos fogones, tenemos leña. Ester ofrece la bebida y choripanes, tratamos de que se le compre a la bolichera porque es su ganancia. No invitamos a músicos porque no podemos ofrecerles nada, solo el espacio para aquél que quiera regalarle sus canciones al público. No necesita ser profesional, el que se anima a cantar tiene el micrófono abierto. Esa es la gracia del festival», relató.

Si bien predomina la veta folclórica, hubo años en que «hemos tenido cantantes de otras expresiones». Recordó que en una oportunidad estuvo Pedro Cabal quien llevó malamberos que zapatearon «en patas» en el patio de tierra del boliche. «Es todo espontáneo», enfatizó.
La primera edición del festival fue en 2010. Estuvo suspendido en el tiempo de la pandemia (años 2020, 2021 y 2022) y regresó este verano. En 2016 tampoco se llevó a cabo porque «dos días antes del festival» falleció Cacho Baigorria -bisnieto del cacique Lucho, hermano del mítico Baigorrita-, que fue peón y compañero de Ester durante mucho tiempo, era el que se encargaba de la limpieza del patio y de mantener todo en orden. «El festival está instalado aunque no se haga todos los años», afirmó Lobos. «Tenemos que aprovechar estos rinconcitos de la cultura que nos quedan de mundos que se van yendo por la propia dinámica moderna, económica y tecnológica».
Vale mencionar una costumbre que existía entre los jóvenes winifredenses: después de una larga noche en la zona urbana iban a concluirla – cervecita de por medio- en el “boliche de Doys”.

La cultura del boliche: «Un mundo que se cerró»
Antiguamente Winifreda supo tener hasta 50 boliches o bares exclusivos para hombres, algunos funcionaban en el interior de despensas que ofrecían despacho de bebidas. Todos desaparecieron. Los últimos bares que cerraron sus puertas fueron “El Tropezón” de Anselmo García y “Lo de Gaspar” de Gaspar Kaiser.
En este sentido, Omar Lobos analizó que existía «una cultura del boliche. La gente de campo que venía al pueblo o viceversa hacía la pasadita por esos lugares, consumía bebidas blancas como cubanas, ginebras y demás. Hasta en los almacenes podías tomar algo mientras hacías las compras. Eso ocurría, por ejemplo, en el comercio de don Emilio Alejo, en lo Klug donde yo trabajé con don Jorge y doña Luisa».
Además, señaló que «toda esa gente ya no está más entre nosotros. Ese mundo se cerró. Hoy es impensable, a nadie le entra en la cabeza que haya un boliche dentro de un comercio, sin embargo eso antes ocurría producto de la dinámica social de una época y los bares eran parte del paisaje».
FOTO CENTRAL: Ester Doys atiende al público en la última edición del festival.
Imágenes del acontecimiento captadas por Luciano Roppel.




















