Tiene 10 años, vive en Winifreda y maneja un karting: «Estoy contento, cómodo y seguro»

Juan Daniel tiene 10 años y cuando llega el fin de semana se divierte manejando un karting armado íntegramente por su padre Juan Miguel Mitsik. De esta manera, el niño arriba de su “juguete” mecánico o a explosión desarrolla reflejos, fuerza en sus brazos, poder de concentración, ante cada aceleración o desaceleración. Practica este deporte como un entretenimiento con el vital apoyo de su mamá Carmen Sepúlveda. En la foto central de esta crónica se lo ve sentado en el karting que tiene actualmente de cuatro velocidades. Compartimos esta historia con los lectores en el Mes de las Infancias.  

«Es híper artesanal»

«Las ruedas delanteras son de una carretilla, las traseras de un tractorcito de cortar pasto, el motor de 110 centímetros cúbicos se lo pusimos recientemente, el volante fue un regalo del tío de mi hijo y el resto son caños que tenía en el taller. La jaula de arriba está hecha con caños de una silla y los cuadrados más finos de un perchero. Es todo reciclado», detalló Juan Miguel de profesión mecánico. El armado del vehículo le llevó 48 horas distribuidas en más de una semana de trabajo ya que iba ensamblando las piezas en el taller en sus tiempos libres. Juan tiene su propio karting. Su hijo lo veía y se empezó a entusiasmar. «Pá me armas uno», le pedía con insistencia. «Se lo armé este año para que pueda divertirse», dijo. 

Juancito la tiene clara. «Andar en karting literalmente me encanta, es lo que más me gusta en la vida», afirmó para luego recordar que la primera vez que se subió a un karting fue a los 9 años. Su padre conserva fotografías de ese instante. En ese momento se acrecentó su pasión por los vehículos de explosión.

«Un show»

El pequeño recordó que «a los 4 años empecé a manejar un cuatriciclo» y su padre contó cómo lo adquirió. Calificó como «un show» esa historia. «Me llevaron uno de 38 cc para arreglar y una vez terminado lo tenía que probar. Obviamente no me podía subir entonces aparece caminando mi hijo. Lo siento arriba y lo pusimos en marcha. Enseguida le gustó y comenzó el furor para armarle o comprarle uno». Se inclinó por la segunda opción. Pero no tenía lo recursos económicos. Igual pudo lograrlo. «Había armado una moto Kawasaki de 250 centímetros cúbicos, la había restaurado toda completa a 0 km. Le dije a Carmen que no me iba a quedar con las ganas de complacerlo. En ese tiempo la moto valía unos 15.000 pesos y la vendí por 3.500 pesos, y con esa plata compré el cuatri, que todavía lo tengo en mi taller».

Prácticas con el método de la soga

Con ese rodado Juancito inició sus primeras prácticas de manejo en calles de tierra. «Como era medio peligroso utilizamos el método casero de la soga para que no se cayera porque cuando aceleraba se nos iba muy rápido ya que no tenía fuerzas en las manos para apretar el freno y nosotros no podíamos correrlo. Me compré ocho metros de soga, la atamos atrás del cuatri, se la soltábamos mientras él acelerada y lo frenábamos con la soga. Después aceleraba de vuelta, era como largadas las que hacía. Así estuvimos como dos meses hasta que se largó a andar por sus propios medios, nosotros vimos que no tenía miedo y lo dejamos solo». Juancito se acuerda de todo. «Estaba re bueno. Un día aceleré tan fuerte que mi papá corría detrás de mí agarrando fuerte la soga y yo lo tiraba con toda la fuerza del cuatri», dijo con su inocencia.

Sin miedo a la velocidad

Juancito ha manejo kartings de distintas cilindradas. Ahora tiene uno con componentes caseros. «Su estructura es de 110 cc pero la cilindrada adentro es de 125 cc con caja de cuarta», explicó su padre. «Ya le perdí el miedo a la velocidad. Cuando empecé a andar en este karting primero tuve un poco de miedo a meter mal los cambios. Mi papá me decía que metiera primera, derrapara y después cambiara a segunda mientras derrapaba. Lo hice y le empecé a agarrar la mano. Ahora los dos corremos por diversión», indicó con total tranquilidad. Siempre usa el caso para proteger su integridad física. Sin esa protección «no ando», afirmó. «Con la madre le compramos un casco más moderno, es vital por las piedras o el impacto de la cabeza contra el volante o hacia atrás», agregó el padre.

Sin circuito

Cuando llega el fin de semana la familia se traslada a una playa de estacionamiento de camiones de la firma Gómez y CIA ante la ausencia de un circuito. «Andamos en un predio cerrado. Derrapamos y nos divertimos», dijo Juan y su hijo agregó «siempre andamos los dos juntos». Juancito cursa quinto grado en la Escuela 104. Confesó que muy pocos chicos de su edad le preguntaron «vos manejas un karting» y cuando les respondió que «sí» se quedaron asombrados. «Me siento contento, cómodo y seguro. Me encanta andar en karting más todo lo que es drifting o derrape», confió. Ese estilo de conducción se lo enseñó su padre. «Toda mi experiencia se la estoy pasando a él, siempre con mucha precaución. Derrapamos los dos juntos para divertirnos», remarcó.

Sueños

Le preguntamos a Juancito si cuando sea grande le gustaría ser piloto. Al respecto respondió: «Me encantaría ser un corredor de drift y de subarú», relacionados con el automovilismo. «Es un deporte en el que derrapan continuamente con el auto, es todo velocidad y derrape. Él está experimentando eso con el karting para divertirse. Mucho más adelante pensamos con la madre juntar algo de plata y comprar un chasis vara de competición para que empiece a correr», adelantó el mecánico mientras que a Juancito se le iluminaban los ojos.

Juan y Carmen están orgullosos de su hijo. Mientras posaba para la foto, el niño dijo que entrena «sábado o domingo» y en cuanto a las velocidades aclaró que «primera y segunda para derrapar, tercera y cuarta para las carreras».

FOTO: Juancito feliz sentado en su karting, a su lado su padre y al fondo el cuatri que manejó a los 4 años 

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