Winifreda: testimonio de un sobreviviente del hundimiento del ARA General Belgrano

El crucero ARA General Belgrano es uno de los grandes símbolos de la Guerra de Malvinas. Su hundimiento se produjo el 2 de mayo de 1982 y dejó 323 tripulantes muertos, entre ellos cuatro pampeanos, del total de 1.093 personas a bordo. A 39 años del trágico episodio, Santiago Maier aún recuerda su experiencia a bordo de la embarcación que fue atacada y hundida por el submarino nuclear británico HMS Conqueror.

El veterano ex tripulante, nacido en Arata y radicado en Winifreda, tenía 18 años cuando ocurrió aquel lamentable suceso. En este sentido, Maier contó cómo llegó a ser uno de los tripulantes del buque argentino. En aquella época, su participación estuvo marcada por el Servicio Militar Obligatorio. Su número de sorteo fue el 968 y entusiasmado marchó hacia la ciudad de Bahía Blanca, Buenos Aires. 

«Un amigo marinero me decía que la marina era lo mejor que me podía pasar porque era más llevadera», recordó. «Tuvimos un mes de instrucción en Campo Sarmiento, Punta Alta, y después nos trasladaron a la base naval de Puerto Belgrano donde estaba el crucero General Belgrano. Vivíamos en el barco, hacíamos guardias, tareas de limpieza, nos daban instrucciones de guerra, por ejemplo cómo manejar los cañones y las torres de alimentación», continuó.
«Navegando rumbo al sur nos comentan que íbamos a participar de la guerra de Malvinas. Teníamos muchas ganas de ir al conflicto bélico, queríamos experimentar algo nuevo, pero nunca nos imaginamos lo que nos iba a suceder», siguió.
Del total de la tripulación, más de 20 soldados eran pampeanos. Maier alimentó una fecunda amistad con Aldo González y con Silvio Baridón. Con este último compartía el mismo camarote o departamento y con ambos «fuimos a la revisación, hicimos la instrucción y nos salvamos del naufragio».

El crucero fue torpedeado por el submarino de la Armada Británica en momentos en que navegaba a 35 millas al sur de la zona de exclusión determinada por Gran Bretaña alrededor de las Islas Malvinas.

– ¿Qué tareas estaba realizando cuando impactó el primer torpedo?

– Estaba de guardia en la segunda torre de alimentación, me relevan y cuando iba llegando al comedor porque era la hora del mate cocido un compañero me pide que primero vayamos al baño. Subimos la escalera para ir al sanitario y en ese momento voló todo el comedor. Estábamos a un metro y medio de la explosión. Quedó todo a oscuras y el barco comenzó a ladearse y a prenderse fuego.

Minutos después impactó el segundo torpedo. El crucero comenzaba a hundirse. La tripulación tomaba conocimiento que estaba siendo atacada. «El capitán Héctor Díaz Bonzo activó la sirena para que abandonáramos el buque. Con él tenía una muy buena relación y lo recuerdo muy bien porque compartimos la misma balsa en la que íbamos 20 personas y todas nos salvamos», señaló. «Salimos al exterior por un ojo de buey y teníamos que buscar la balsa que cada soldado tenía designada, no podíamos agarrar cualquiera, cada dotación tenía la suya con una capacidad para 20 personas», indicó. No alcanzó a ver al crucero cuando se sumergía en la profundidad del océano pero sí sintió «una gran explosión» provocada cuando las calderas se llenaron de agua. Quedaron a la deriva en balsas salvavidas. Comenzaba la supervivencia. Fueron 36 horas interminables. «Pasamos mucho frío, pero pudimos sobrevivir. Lamentablemente tuve compañeros que murieron de hipotermia. El mar estaba muy embravecido con olas de hasta 16 metros de altura», indicó.

-¿Pensó en algún momento que iba a morir?

-En la primera noche no, pero en la segunda sí. Pensaba que no nos iban a rescatar porque era más fuerte la correntada que llevaba la balsa hacia cualquier lado que la velocidad del barco que venía a rescatarnos.

Otros testimonios de sobrevivientes dan cuenta que nadie debía dormirse más de tres minutos en la balsa y el compañero de al lado debía zamarrearlo si ello ocurría. «Eso es verdad porque si se cargaba el techo de la balsa con agua nos íbamos a hundir todos así que teníamos que estar despiertos para sacar el agua que dejaba la ola cuando pasaba por encima nuestro. Ese techo nos daba un poco más de protección, pero el frío calaba los huesos», amplió su relató.

El rescate

El ARA Gurruchaga fue uno de los buques asignados al rescate. «Cuando lo vimos sentimos una inmensa alegría. Cuando nos suben nos dimos cuenta que casi no podíamos caminar del frío que teníamos. Nos sacamos toda la ropa mojada, nos dieron chocolate caliente y nos acomodamos al lado de las calderas, los que podían hacerlo porque los rescatados superábamos la capacidad del barco», dijo.

Navegaron hasta Ushuaia, de allí una avioneta los trasladó a Río Grande y después otro avión hasta Puerto Belgrano. Una semana después, el pampeano pudo viajar a su pueblo natal para reencontrarse con su madre y padre. «Ellos no la pasaron muy bien porque yo no figuraba en el listado de rescatados, recién cuando llegamos a Puerto Belgrano tomaron lista nuevamente y me incluyeron», comentó. Tras permanecer un mes con sus progenitores regresó al servicio militar y fue dado de baja.

 
-¿Pudo sobreponerse a la tragedia?

-Sí, gracias a Dios. No asistí a ningún psicólogo. Cuando habían pasado diez años conocí a mi esposa en Arata, ella iba a una iglesia evangélica y eso fue lo que me sacó adelante sumado el apoyo de mi familia.

Asimismo, Maier confesó que contar su experiencia «me hace bien para que la historia no se olvide, pero internamente siento muchos nervios».

Reconocimiento al valor  

El 31 de marzo de 2018 sufrió un infarto. Luego de recuperarse, recibió la visita de los veteranos de Malvinas Silvio Baridón de Jacinto Arauz con quien compartió el crucero General Belgrano y Juan Carlos Steigman de Santa Rosa, quien combatió en las islas. También, lo visitó Jorge Cáceres de General Acha. «Los demás veteranos me estuvieron llamando por teléfono. Nunca pensé que me iban a tener tanto en cuenta», manifestó con cierto asombro.

Hace más de diez años que vive en Winifreda. Es padre de dos hijas y dos hijos, abuelo de una nieta y tiene dos sobrinos. «En el pueblo me han recibido muy bien. Todos son muy buenos conmigo», finalizó complacido el vecino.

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