¿Fantasmas en un campo de Winifreda?

Desde hace un tiempo la casa fue abandonada por el último inquilino, que se fue asustado por una manifestación paranormal que lo ahuyentó. Hoy está cerrada y nadie se explica qué pasa con ese predio.

MARIO VEGA

Las historias de aparecidos, o de sucesos más o menos extraños – que parecen no tener una explicación racional- suelen ser recurrentes.
Los fantasmas, en el folclore de muchas culturas, son supuestos espíritus o almas errantes de seres muertos que se manifiestan entre los vivos de forma perceptible,  principalmente en lugares que frecuentaban en vida, o en asociación con sus personas cercanas.
Ruidos extraños de puertas que se cierran violentamente, pasos, quejidos y hasta susurros. Pero además están los que han manifestado advertir presencias extrañas e inexplicables. Al menos desde el raciocinio.

En el campo «Don Manuel».

Hace un tiempo contamos en estas mismas páginas de lo que habría sido un fenómeno paranormal que se produciría por las noches en un reconocido centro hospitalario santarroseño. Ahora algo parecido sucede en un campo pegado a la zona urbana de la localidad de Winifreda, conocido como «Don Manuel», propiedad de la familia Lej. Encabezados por Cándido Maurelio Lej, el grupo llegó a la zona cuando Winifreda era en ese momento sólo un asentamiento y adquirió su primer lote, pegado a donde hoy se asienta el pueblo, en 1925.

En Winifreda.

Adriana Poblete, nacida y criada en la localidad, hoy vive en Buenos Aires. Es docente, y ante la consulta se muestra dispuesta a contar su experiencia -que en realidad es la de toda su familia a través de los años, incluyendo abuelos, tíos e hijas-, y está absolutamente segura de lo que le ha tocado vivir.
«Los ruidos en el techo a la hora de dormir eran muy frecuentes, aunque con el tiempo te acostumbras y ya no molestan… Lo que se sentía eran como pisadas, como que alguien estaba caminado arriba de la casa, y era muy notorio sobre todo porque el techo es de chapa y cubierto de paja», empieza a narrar.
Y agrega: «En ocasiones se sentía incluso que el techo vibraba por el peso… generalmente comenzaban los ruidos cuando uno se estaba quedando dormido. Se sentían golpes fuertes, como que saltaban sobre el techo, y luego por un rato caminaban. En otras oportunidades eran muy evidentes los golpes al postigo de madera que cubría la ventana», asegura.

Cuando había visitas, peor.

«Cuando éramos adolescentes con mi hermana Griselda no podíamos invitar a ninguna compañera a dormir, porque evidentemente era como que lo hacían a propósito y había sonidos toda la noche…», recordó.
En estos días fuimos al establecimiento «Don Manuel», atraídos por eso  misterioso que se cuenta sobre lo que sucede allí. Tania -hija de Adriana-, quien estuvo acompañada por Rosa en esta visita, evocó: «Una vez invitamos a una compañera de colegio a venir a dormir al campo, y lo hacíamos en colchones en el piso, cuando empezaron los ruidos… nos asustamos mucho, y nuestra amiga durmió al medio mío y de mi hermana… aunque dormir es una forma de decir», amplía.

Las cuatro plantas.

Adriana -que desde hace un tiempo vive en Buenos Aires- cuenta que «sin embargo, todo ocurría en el exterior, pero según cuentan las últimas personas que vivieron allí ahora se ven cosas dentro de la casa». Y menciona también que los golpes en el techo no eran lo único: «Una vez cuando teníamos unos 10 años íbamos con mi hermana a buscar las ovejas para encerrarlas… estaban en el cuadro que nosotros le decimos ‘el de las cuatro plantas’, donde antes tuvimos la casa familiar, que después decidimos dejarla por el mismo tema de ruidos extraños y golpes. Nos mudamos a una nueva más cerca de la salida del campo. De esa casa vieja los únicos vestigios son, precisamente, esas cuatro plantas en hilera, una al lado de la otra».

¿Una aparición?

Es Adriana la que explica: «Era el atardecer y las ovejas se encontraban al fondo de un cuadro que tiene más o menos 15 hectáreas, así que teníamos que pasar cerca de esos árboles. Al acercarnos a las cuatro plantas vimos clarito que en el lugar se encontraba un hombre, sentado en el suelo, cerquita de un fuego que había encendido y estaba tomando mate… Con mi hermana habremos pasado a unos pocos metros por lo que pudimos ver en detalle que usaba sombrero, veíamos el humo del fuego y cómo acercaba la pava al mate para cebarlo… En ese momento pensamos que era un ‘croto’, que así se les decía a las personas que hoy llamamos en situación de calle, y era común verlos por los campos… a veces pedían permiso para pasar la noche en el galpón y al día siguiente se iban. Como sea, ese fue el pensamiento que tuvimos y seguimos caminando hacía donde estaban las ovejas», rememora.

«Era una aparición».

Grande iba a ser la sorpresa al regresar arriando las ovejas… «Volvimos a acercarnos a las cuatro plantas y nos dimos cuenta que el hombre había desaparecido… fuimos hasta el lugar donde estaba pero no había siquiera rastros del fuego. Ahí fue cuando comprendimos que lo que vimos era una ‘aparición’. Y eso lo vimos las dos… y no fue la única vez», completa Adriana totalmente convencida.
Pasaron muchos hechos asombrosos: «Por ejemplo era común que alguna de nosotras estuviera sentada en el patio, haciendo alguna labor, y que alguien nos llamara por el nombre… una creía que había llegado algún vecino, nos levantábamos, íbamos a la puerta del patio y no había nadie».
Al frente de la casa «nueva» hay una hamaca… sin una pizca de viento a veces la vieron como si alguien se columpiara. Y nadie había sobre ella…
Tania y la abuela Rosa («Noni») me muestran las cuatro plantas, que ahora son seis porque un par de renuevos crecieron y se vinieron grandes. «Aquí vivió la familia mucho tiempo…», rememoran.

Cerca del pueblo.

Adriana continúa con su relato: «Estas son algunas de las vivencias en el campo, mientras vivía allí, algunas incluso ya de grande, cuando iba a pasar los fines de semana con mis hijas que eran chicas. En el pueblo pocos saben de estos acontecimientos, porque por lo general si uno cuenta algo así están los que creen que son inventos. En Winifreda si alguien pregunta por el campo de los Lej, todos saben cuál es y dónde se encuentra. De hecho, es tan cerca que mi hermana y yo fuimos toda la vida al colegio caminando… algo así como un kilómetro y medio desde la tranquera de entrada, hasta donde comienza el pueblo», precisa.

Por qué pasa.

«¿Si tenemos alguna hipótesis sobre qué origina todo lo que se escucha y ve? La verdad que no… Algunos ‘curanderos’ que fueron dijeron que posiblemente en el campo hubiera ocurrido algún enfrentamiento entre gauchos e indios, y las muertes tempranas de las personas hizo que quedaran sus espíritus vagando… pero obviamente no es que hay algo certero sobre eso».
De todos modos señala que «el campo fue zona de indios, y sí hay registro de su presencia. Mamá siempre cuenta que cierta vez su abuelo arrancó un caldén y cuando el árbol cayó, entre las raíces, encontraron restos de dos cuerpos humanos, un adulto y un niño… y por los adornos que tenían supusieron que eran de indios. Los volvieron a enterrar en el mismo lugar y casi nadie recuerda ahora eso», señala.

Inquilino se fue.

Nahuel es un joven winifredense que vivió algunos meses en el campo, junto a una hermana y a un hijo pequeño de la mujer: «A él sí lo volvieron loco, al punto que decidió irse… Le pasó de todo un poco, desde escuchar ruidos insoportables en el techo, que le corrían la cama, puertas que se abrían… pero se fue cuando la hermana le contó que estaba cambiando a su hijo en una pieza de la casa y al darse vuelta vio a un hombre parado, afirmado en el marco de la puerta, que de pronto desapareció. Ahí si no aguantaron más y se fueron… Por cierto que lo que nos ha llamado la atención es que los de la familia escuchábamos ruidos, conversaciones, o teníamos alguna visión, pero nunca nos molestaron de la manera que lo hicieron con este muchacho que vivió el último tiempo. Quizás, es un pensamiento mío, pero era como que a los integrantes de la familia nos respetaban», es Adriana la que continúa el relato.

«Hay cosas extrañas».

La abuela Rosa -le dicen «Noni»-, quien nos acompañó al establecimiento rural que hoy la familia tiene alquilado en dos partes dice: «Yo viví siempre ahí, y escuché todo eso, y vi de todo, pero nunca tuve miedo. Estaba tan acostumbrada que no le daba bolilla… si hasta solía venir de noche caminando desde la Escuela 104, en el pueblo, porque era maestra especial, y siempre escuché ruidos y pasaban cosas, pero nunca sentí miedo», reafirma.
De todos modos cree que «hay cosas extrañas… todo lo que dice Adriana (su hija) sucedía. También recuerdo que una vez estábamos aquí, dentro de la casa, y por la ventana vimos que el galpón (ubicado a pocos metros) se iluminaba como si un auto que llegaba lo alumbrara… pero salíamos y no había nada», narra.
Se ríe con ganas porque advierte que «años atrás era como tropel de caballos, o carretas que pasaban, pero después eran autos… parece que se moderniza el fantasma», ironiza.

«El caldén quemado en el monte»

La abuela «Noni» hace mención a una leyenda que se ha ido transmitiendo de boca en boca, y que Adriana también me relata.
«Es la historia del monte que linda con el campo de mi familia, y me la contó un ex compañero de trabajo del hospital Lucio Molas… Él era hijo de hacheros de Winifreda que trabajaban en el monte y quiénes conocían esa historia».
Según cuentan, allá por la época de la Conquista del Desierto, ese monte servía como refugio de un grupo de habitantes originarios que seguían de cerca el avance de las tropas del Coronel Hilario Lagos (prueba de su presencia en la zona está el monolito cercano de la laguna El Guanaco).
La cuestión es que se cree que uno de los nativos, tal vez a cambio de algún bien, o alcohol, o vaya a saberse por qué motivo, habría delatado la posición de sus compañeros, generando así una ventaja a las tropas del ejército. Dicen que cuando los aborígenes se enteraron que fueron delatados, tomaron al traidor y como castigo lo quemaron vivo atado a un caldén. De ahí el nombre de ‘El monte del indio quemado’.
Este es un relato trasmitido oralmente, y qué hay de cierto en él es difícil de decir. Adriana explica que «lo que sí hay en el monte es un caldén -a juzgar por su tamaño, de más de 100 años- que cuenta con una gran parte de su tronco quemado y es el único de todos a su alrededor que presenta esa característica«

FUENTE Y FOTO: DIARIO LA ARENA 

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